En los albores de mi juventud, cuando apenas había dejado atrás la tormentosa pubertad, el destino, caprichoso como un caballero andante, me condujo a la vereda de una calle bulliciosa. Allí, bajo la luz tenue de un atardecer de los años setenta, se alzaba un escaparate repleto de artilugios que prometían inmortalizar la vida con la precisión de un pintor.
Entre los objetos relucientes, mi mirada quedó atrapada por una cámara sencilla, de aspecto modesto pero de aura misteriosa. Poseía un único botón rojo, como la sangre que late en el pecho del valiente, y una inscripción que rezaba **“Werlisa Club Color”**. Fue como si el propio tiempo se detuviera, y en ese instante nació la llama que encendería mi pasión por la fotografía.
Así, con el corazón palpitante y la curiosidad de un hidalgo que descubre un nuevo horizonte, tomé aquella cámara en mis manos, sin saber que aquel simple gesto abriría las puertas a un mundo de luces, sombras y recuerdos eternos.